jueves, 5 de junio de 2014

La velocidad. Jesús Bal y Gay. El Pueblo Gallego, 27.12.1925

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 La velocidad. Jesús Bal y Gay.

El otro día, tras la palabras que pretendían glosar la alegría reencontrada por los poetas de hoy, dejé surgir, de intento, ciertas alusiones mecánicas. Veamos eso ahora. Se ha reconquistado la agilidad, señores. La literatura o la música, o la pintura han logrado crearse para su actual uso unos músculos nuevos. El deporte se filtró en el campo del arte y ha proporcionado el nuevo torrente circulatorio. El arte actual marcha a paso gimnástico sintiéndose las venas suyas henchidas de la nueva savia mientras deja atrás el arte maduro o francamente viejo. Es la escena del perrillo vivaz que sale de paseo con su amo apoplético. Echa a correr delante del amo, y cuando quiere por lo que sea reanudar con él sus relaciones, tiene que desandar parte del camino. Claro que sólo una parte, pues se supone que el viejo también anda algo. (Pudiera decirse que el can ha perdido el tiempo en su correría, pero ¿y el deporte realizado? ¿y la experiencia del camino inmediato?).
No es de extrañar, pues, que la gente joven haya dado en la loa de la velocidad. Si el arte ha de ser, como muchos ya van creyendo, un deporte, un verdadero deporte, no puede, en pleno siglo XX, dejar de invocar la nueva divinidad. Y ya no es solamente la alabanza de lo maravilloso pero inaccesible, como en los futuristas. Hoy se va a la función con el dios.
Quien, a mi juicio, ha realizado más perfectamente esa fusión con la velocidad es Arthur Honegger. Pero, es curioso; su “Pacific 231“ desatada en plena noche a 120 por hora constituyó en cierto modo una música futurista. Una música para el futuro en el sentido que no fue la de Wagner por ejemplo. Como lo ha sido la literatura de Stendhal.
¿es “música”? ¿si o no? Cuando menos, esa no es la “nuestra”. Bastantes perseguidores esforzados de una intramúsica, no tienen inconveniente en calificar esta obra de Honegger de inframúsica. Pienso que su bajo nivel ante estas músicas de hoy proviene de su falta de equilibrio interno. La música es ritmo y sonido, no solamente una de las dos cosas. Y en el “Pacific” hay una considerable hipertrofia del ritmo. Su acción sobre el auditor se traduce, más bien que en el deleite del odio, en una a modo de excitación de los nervios motores, en una mayor tensión de los músculos. No sé que será lo que se considere como música dentro de unos años. Tal vez sea algo puramente rítmico. Ciertos “solos” de la percusión de Stravinsky y la creciente influencia del “jazz” pudieran ser el punto inicial. Pero hoy por hoy tenemos otro concepto de lo musical. (He de advertir, empero, que lo dinámico de “Pacífico” está logrado no solamente por medios rítmicos, sino por lo armónico y lo orquestal)
“Pacific 231” llega a la imaginación de todos. Ni uno solo de sus oyentes puede dejar de sentir lo que se acostumbra a llamar el “vértigo de la velocidad” tan pronto como ese gigante de acero comienza a surcar el tiempo y espacio. Con esa música se alcanza mucho de lo anhelado por nuestros poetas de hoy. Ellos nos han sugerido a lo largo de sus obras ese goce en la velocidad, pero parece reservada a la música, o cuando menos a la orquesta, su más completa realización. Creo que ello es debido a que toda obra que pretenda comunicarnos sensaciones de velocidad necesita ser oída, y hoy, más que nunca, los poemas se escriben, precisamente para ser leídos. (Razón, entre otras, de los programas de Berta Singermen).
(El Pueblo Gallego, 27.12.1925)


© Ana Bande




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