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La velocidad. Jesús Bal y Gay.
El
otro día, tras la palabras que pretendían glosar la alegría
reencontrada por los poetas de hoy, dejé surgir, de intento,
ciertas alusiones mecánicas. Veamos eso ahora. Se ha reconquistado
la agilidad, señores. La literatura o la música, o la pintura han
logrado crearse para su actual uso unos músculos nuevos. El deporte
se filtró en el campo del arte y ha proporcionado el nuevo torrente
circulatorio. El arte actual marcha a paso gimnástico sintiéndose
las venas suyas henchidas de la nueva savia mientras deja atrás el
arte maduro o francamente viejo. Es la escena del perrillo vivaz que
sale de paseo con su amo apoplético. Echa a correr delante del amo,
y cuando quiere por lo que sea reanudar con él sus relaciones, tiene
que desandar parte del camino. Claro que sólo una parte, pues se
supone que el viejo también anda algo. (Pudiera decirse que el can
ha perdido el tiempo en su correría, pero ¿y el deporte realizado?
¿y la experiencia del camino inmediato?).
No
es de extrañar, pues, que la gente joven haya dado en la loa de la
velocidad. Si el arte ha de ser, como muchos ya van creyendo, un
deporte, un verdadero deporte, no puede, en pleno siglo XX, dejar de
invocar la nueva divinidad. Y ya no es solamente la alabanza de lo
maravilloso pero inaccesible, como en los futuristas. Hoy se va a la
función con el dios.
Quien,
a mi juicio, ha realizado más perfectamente esa fusión con la
velocidad es Arthur Honegger. Pero, es curioso; su “Pacific 231“
desatada en plena noche a 120 por hora constituyó en cierto modo una
música futurista. Una música para el futuro en el sentido que no
fue la de Wagner por ejemplo. Como lo ha sido la literatura de
Stendhal.
¿es
“música”? ¿si o no? Cuando menos, esa no es la “nuestra”.
Bastantes perseguidores esforzados de una intramúsica, no tienen
inconveniente en calificar esta obra de Honegger de inframúsica.
Pienso que su bajo nivel ante estas músicas de hoy proviene de su
falta de equilibrio interno. La música es ritmo y sonido, no
solamente una de las dos cosas. Y en el “Pacific” hay una
considerable hipertrofia del ritmo. Su acción sobre el auditor se
traduce, más bien que en el deleite del odio, en una a modo de
excitación de los nervios motores, en una mayor tensión de los
músculos. No sé que será lo que se considere como música dentro
de unos años. Tal vez sea algo puramente rítmico. Ciertos “solos”
de la percusión de Stravinsky y la creciente influencia del “jazz”
pudieran ser el punto inicial. Pero hoy por hoy tenemos otro concepto
de lo musical. (He de advertir, empero, que lo dinámico de
“Pacífico” está logrado no solamente por medios rítmicos, sino
por lo armónico y lo orquestal)
“Pacific
231” llega a la imaginación de todos. Ni uno solo de sus oyentes
puede dejar de sentir lo que se acostumbra a llamar el “vértigo de
la velocidad” tan pronto como ese gigante de acero comienza a
surcar el tiempo y espacio. Con esa música se alcanza mucho de lo
anhelado por nuestros poetas de hoy. Ellos nos han sugerido a lo
largo de sus obras ese goce en la velocidad, pero parece reservada a
la música, o cuando menos a la orquesta, su más completa
realización. Creo que ello es debido a que toda obra que pretenda
comunicarnos sensaciones de velocidad necesita ser oída, y hoy, más
que nunca, los poemas se escriben, precisamente para ser leídos.
(Razón, entre otras, de los programas de Berta Singermen).
(El
Pueblo Gallego, 27.12.1925)
© Ana Bande

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