El
hombre civilizado bajo la batuta del negro. Santiago Ruiz de Clavijo
Ha
dicho Goethe que la mujer se parece a la alondra en que ambas se
dejan cazar por el espejuelo, es decir, por lo que brilla. Ni que
decir tiene que Goethe conocía bien la naturaleza femenina. Se puede
afirmar que la humanidad se comporta como la mujer, en lo que atañe
a dejarse fascinar por el brillo de las cosas sin considerar lo que
se oculta bajo su superficie. Así no es extraño que al comprobar el
fondo deleznable que se esconde tras la dorada corteza, se sienta
defraudada por el engaño y arrepentida por haberse dejado deslumbrar
cual una mariposa. Como el desengaño suele ser tardío no se puede
evitar que se forme en su alma un poso de amargura y que sus labios
se plieguen con una escéptica sonrisa.
El
ser humano es una paradoja en acción: sabe que posee una fuerza
ascendente, que le aproxima al ángel y se complace en dejarse vencer
por la acción de la gravedad que le humilla en el fango. Conoce en
teoría el bien, la verdad, la belleza y practica todo lo contrario.
Se podrían poner numerosos ejemplos para confirmar lo expuesto, pero
me voy a limitar a tratar someramente de la música y el baile, como
índices del mal gusto de la actual sociedad que alardeando de
civilizada, se comporta como una inmensa aspiradora del polvo de
todos los caminos.
Dio
Don Quijote a Sancho en cierta ocasión: “Donde hay música no
puede haber nada malo”. Esto es cierto ya que la música es una de
las formas más elevadas de que dispone el hombre para expresar la
Belleza; pero yo estoy seguro que si Don Quijote hubiera escuchado
las estridencias de una moderna orquesta e “jazz-band”, se
apresuraría a establecer distinciones entre lo que es música y lo
que es anti musical, entre lo que es Arte y lo que es negación del
Arte.
Don
Quijote ignoraba que, andando el tiempo, el hombre civilizado iba a
arrojar por la borda una de sus más preciadas conquistas en el
terreno espiritual para remontarse a las fuentes primitivas donde el
Arte es todavía pobre balbuceo.
Un
día el hombre civilizado se encuentra con el hombre de color, en los
dominios de éste. Día desgraciado para ambos, mientras no se
demuestre lo contrario. El negro clava sus ojos asombrados en la capa
externa de la civilización, en el Progreso y de éste le cautiva la
faceta negativa. El hombre civilizado contempla con aire de
superioridad el canto bárbaro y la danza epiléptica del negro, pero
hay algo inexplicable que le induce a imitar a la tribu. Y no se
conforma con transmitirnos la nueva conquista según la encuentra en
la selva africana, sino que previamente la reboza con todos los
chirridos de la gran ciudad y la exporta por todo el mundo envasada
en mil extraños instrumentos. Es sintomático que esta labor sea
realizada precisamente por la nación donde el progreso alcanza su
máximo apogeo. Es inconcebible que la humanidad no comprenda que lo
explicable en el negro es inadmisible para el que blasona de
civilizado. Si el canto y el baile de los negros se justifican en un
escenario primitivo, en un ambiente exótico de naturaleza virgen, se
tornan en aberraciones imperdonables entre el refinamiento de la urbe
moderna, cuya alma se estremeció un día ante el resplandor de un
Arte depurado. Nada hay tan ridículo y denigrante como un blanco que
se pone el “smoking” para imitar las horribles piruetas del
salvaje, a no ser el mismo salvaje que viste el “smoking” del
blanco para erigirse en su maestro. Es curioso: La humanidad
civilizada se siente ofendida ante la tremenda acusación de Darwin,
y en la práctica, se empeña en darle la razón imitando al simio
con todos los medios a su alcance.
La
humanidad, sin distinción de clases sociales, danza frenética ante
la batuta de ébano. Mediante esta batuta el hombre de baja
extracción como el que presume de elegante quedan nivelados mientras
dura la danza, ya que tiene el mágico poder de trocar a la humanidad
en un inmenso rebaño, bajo el signo de la vesania.
Hora
va siendo de que comprendamos el abismo que separa a la música de lo
que es grotesca parodia y de que eliminemos lo que constituye una
afrenta para la auténtica civilización.
La
música es uno de los termómetros más eficientes para medir el
grado de salud del espíritu humano. Y es también una poderosa
medicina para aliviar al mundo de sus dolencias o un temible tóxico
para empeorarlas.
Si
tomamos el pulso a la humanidad a través de la música del
“jazz-band” percibiremos que está enferma, enloquecida.
Contribuyamos a curarla mediante un Arte verdadero. Hagamos que el
mundo abra su oído torturado por todas las disonancias, para
escuchar los acordes maravillosos de una Música que sea fiel reflejo
de la armonía del cosmos.
(Ciudad,
24.2.1947)
© Ana Bande
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