jueves, 5 de junio de 2014

El hombre civilizado bajo la batuta del negro. S. Ruiz de Clavijo.Ciudad, 24/2/1947

El hombre civilizado bajo la batuta del negro. Santiago Ruiz de Clavijo

Ha dicho Goethe que la mujer se parece a la alondra en que ambas se dejan cazar por el espejuelo, es decir, por lo que brilla. Ni que decir tiene que Goethe conocía bien la naturaleza femenina. Se puede afirmar que la humanidad se comporta como la mujer, en lo que atañe a dejarse fascinar por el brillo de las cosas sin considerar lo que se oculta bajo su superficie. Así no es extraño que al comprobar el fondo deleznable que se esconde tras la dorada corteza, se sienta defraudada por el engaño y arrepentida por haberse dejado deslumbrar cual una mariposa. Como el desengaño suele ser tardío no se puede evitar que se forme en su alma un poso de amargura y que sus labios se plieguen con una escéptica sonrisa.
El ser humano es una paradoja en acción: sabe que posee una fuerza ascendente, que le aproxima al ángel y se complace en dejarse vencer por la acción de la gravedad que le humilla en el fango. Conoce en teoría el bien, la verdad, la belleza y practica todo lo contrario. Se podrían poner numerosos ejemplos para confirmar lo expuesto, pero me voy a limitar a tratar someramente de la música y el baile, como índices del mal gusto de la actual sociedad que alardeando de civilizada, se comporta como una inmensa aspiradora del polvo de todos los caminos.
Dio Don Quijote a Sancho en cierta ocasión: “Donde hay música no puede haber nada malo”. Esto es cierto ya que la música es una de las formas más elevadas de que dispone el hombre para expresar la Belleza; pero yo estoy seguro que si Don Quijote hubiera escuchado las estridencias de una moderna orquesta e “jazz-band”, se apresuraría a establecer distinciones entre lo que es música y lo que es anti musical, entre lo que es Arte y lo que es negación del Arte.
Don Quijote ignoraba que, andando el tiempo, el hombre civilizado iba a arrojar por la borda una de sus más preciadas conquistas en el terreno espiritual para remontarse a las fuentes primitivas donde el Arte es todavía pobre balbuceo.
Un día el hombre civilizado se encuentra con el hombre de color, en los dominios de éste. Día desgraciado para ambos, mientras no se demuestre lo contrario. El negro clava sus ojos asombrados en la capa externa de la civilización, en el Progreso y de éste le cautiva la faceta negativa. El hombre civilizado contempla con aire de superioridad el canto bárbaro y la danza epiléptica del negro, pero hay algo inexplicable que le induce a imitar a la tribu. Y no se conforma con transmitirnos la nueva conquista según la encuentra en la selva africana, sino que previamente la reboza con todos los chirridos de la gran ciudad y la exporta por todo el mundo envasada en mil extraños instrumentos. Es sintomático que esta labor sea realizada precisamente por la nación donde el progreso alcanza su máximo apogeo. Es inconcebible que la humanidad no comprenda que lo explicable en el negro es inadmisible para el que blasona de civilizado. Si el canto y el baile de los negros se justifican en un escenario primitivo, en un ambiente exótico de naturaleza virgen, se tornan en aberraciones imperdonables entre el refinamiento de la urbe moderna, cuya alma se estremeció un día ante el resplandor de un Arte depurado. Nada hay tan ridículo y denigrante como un blanco que se pone el “smoking” para imitar las horribles piruetas del salvaje, a no ser el mismo salvaje que viste el “smoking” del blanco para erigirse en su maestro. Es curioso: La humanidad civilizada se siente ofendida ante la tremenda acusación de Darwin, y en la práctica, se empeña en darle la razón imitando al simio con todos los medios a su alcance.
La humanidad, sin distinción de clases sociales, danza frenética ante la batuta de ébano. Mediante esta batuta el hombre de baja extracción como el que presume de elegante quedan nivelados mientras dura la danza, ya que tiene el mágico poder de trocar a la humanidad en un inmenso rebaño, bajo el signo de la vesania.
Hora va siendo de que comprendamos el abismo que separa a la música de lo que es grotesca parodia y de que eliminemos lo que constituye una afrenta para la auténtica civilización.
La música es uno de los termómetros más eficientes para medir el grado de salud del espíritu humano. Y es también una poderosa medicina para aliviar al mundo de sus dolencias o un temible tóxico para empeorarlas.
Si tomamos el pulso a la humanidad a través de la música del “jazz-band” percibiremos que está enferma, enloquecida. Contribuyamos a curarla mediante un Arte verdadero. Hagamos que el mundo abra su oído torturado por todas las disonancias, para escuchar los acordes maravillosos de una Música que sea fiel reflejo de la armonía del cosmos.

(Ciudad, 24.2.1947)


© Ana Bande

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