El
Ruido nacional. Francisco de Cossio.
En
la penumbra del café retirado los toldos le preservan del sol de la
calle, suena un violín. Débil sonido de verano que nos trae el
recuerdo de una fuente. Los ojos se hacen al ambiente y, al fin,
descubrimos al violinista. Van entrando los clientes de la tarde, de
la música clásica y del chocolate con mojicón. El violinista pone
sobre su hombre ese paño negro con el que enjuga las lágrimas del
violín y comienza la canción triste, larga y quejumbrosa que
disuelve el helado en la cucharilla. La estampo corresponde al café
antiguo, cuando aún había buena música en los cafés, y los
aficionados, mientras tomaban el chocolate imponían silencio a los
camareros, y a los clientes inoportunos que creen de buena fe que los
cafés no se han hecho para hacer música. En tanto el violón llora
desesperadamente hasta empapar de lágrimas el paño negro.
He
aquí un remanso de silencio propicio a la meditación y el ensueño,
en esta época en que los ruidos se han hecho dueños de la ciudad.
Las estridencias metálicas de la radio salen a todos los balcones,
los hombres hablan a gritos, los automóviles discuten con sus
bocinas...No hay quizá, en toda la ciudad otro refugio de la
melodía. Hay que confesar que el oído ciudadano se ha habituado al
estrépito. Hasta podemos decir que el ruido ha llegado a adquirir
una expresión artística: el “jazz-band”.
¿por
qué este instrumento absurdo y detonante se ha puesto de moda? ¿Por
qué los hombres de nuestro tiempo encuentran un placer
martirizándose los oídos? Hoy parecen unos equivocados los que
gustan de la música de cámara. Alguien dirá que si el “jazz-band”
golpea los oídos, la música de cámara golpea la sensibilidad. Un
cuarteto de Beethoven puede sonar en un alma sensible como un
“jazz-band” formidable. El secreto, sin duda, de este instrumento
es que ha sabido ponerse a tono con la época. Todo es “jazz-band”
en la rivalización moderna. Las trompas metálicas, los motores, las
sirenas, las campanas, los cubiletes del bar, las máquinas de
escribir...En la oficina un “jazz-band” de ideas mercantiles; en
la calle un “jazz-band” de puertas, ruedas y motores. Y aun
algunos espíritus fuertes propugnan porque se supriman las campanas,
que es, quizá, el único ruido que, desde lo alto de los
campanarios, nos sugiere una tradición silenciosa. También los
“jazz-band” tienen en lo alto de un trapecio una campana, para
que el instrumento pueda darnos la impresión más perfecta de lo que
es una ciudad moderna.
Poco
a poco, el ruido ha ido invadiendo la vida social. Se discurre con
estrépito, se discute a voces, se habla a gritos, y los ciudadanos
en cualquier teatro donde haya una canción, dejan su individualidad
en el guardarropa para formar parte de un coro desafinado.
A
cualquier hombre que grita se le escucha y se le teme, y es que, en
un ambiente de ruidos, se tiene al ruido un miedo formidable. Quizá
el excesivo ruido nos ha hecho cobardes. Y es que el ruido le
producen los más bajos instintos y las pasiones más inconfesables.
Si una dignidad ofendida gritase; si las ideas puras, nobles elevadas
supieran hacer ruido; si los espíritus justos tuviese laringe para
gritar...pero esto es tanto como pedir que los violines se oigan
entre el ruido del “jazz-band”.
Esperemos
un pianísimo en la vida española para entendernos
(El
Pueblo Gallego, 7.4.1935)
© Ana Bande
No hay comentarios:
Publicar un comentario