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Música.
El Jazz. Jesús Bal.
La
invasión neta que, con caracteres de tromba conmovió todo el arte
del mundo hace unos años, hoy, en su período más intenso, adquiere
modos más suaves. ¿Dónde van aquellos jazz-bands que utilizaban,
sobre una orquesta corriente todo género de utensilios y armas
ruidosas, desde el doméstico rallador a la terrorística star?
Hoy
todavía hay personas que al oír hablar del jazz se sonríen o lo
muestran como paradigma de las locuras novecentistas. Y, en realidad
no resulta muy absurda su posición. Hizo falta un buen estómago
para digerir toda la furia sonora de los primeros jazz-bands.
(Sospecho que esta furia no era auténticamente negra, sino la
deformación que Europa, poco comprensiva, hizo sufrir a los primeros
aires negros).
Y
un buen estómago no se improvisa, y menos si está averiado por
confituras como los valses “boston” y las serenatas napolitanas.
Pero aquellas inaugurales catástrofes sonoras se han ido reduciendo,
al fin, a términos de una apretada belleza rítmica y melódica. La
batería ha llegado a un tal extremo de discreción, que en las más
modernas orquestas negras estás perfectamente olvidada. Sin embargo,
la gran riqueza del jazz, el ritmo, continúa más vivo que nunca
animando encantadoras melodías, magníficos “espirituales” o, ya
originales, músicas de danza. En la evolución de lo instrumental
que desde sus comienzos fue viviendo esta música, desde los violines
y la batería hasta la voz humana, pasando por el metal y la madera,
sólo un instrumento -magnífico- se conservó inamovible: la
sincopa. Periclitados todos, ella continúa siendo el alma de los
jazz-bands. Y, seguramente, el alma de la música del porvenir. Ya
hoy se escribe música plenamente influida por el jazz- un caso de
ahora mismo: la sonata para piano y violín de Ravel-, pero dentro
de unos años toda la música vivirá gracias a su enérgica
influencia. Lo que todavía es hoy una música en la que se baila,
será al fin, en años venideros la música “en la cual se viva”.
Yo
ruego a los que se sonríen del jazz que se paren a oír las modernas
orquestas negras. Es un arte que está más cerca de Palestrina y
Bach que de Wagner o de Strauss. Arte vivo, donde cada instrumento o
cada voz canta su melodía con armoniosa independencia respecto a sus
hermanas de polifonía. El contrapunto está salvado para siempre por
el milagro de deliciosos choques que muestran el verdadero camino de
la libertad siempre artística. La instrumentación se aclara
maravillosamente: cada instrumento conserva un máximum de
personalidad compatible con la más jugosa homogeneidad del empaste.
La voz, sin esfuerzos, dice todo cuanto quiere. El saxofón adquiere
calidades humanas. El piano y el banjo, son de agua o de acero. El
trombón ofrece apoyos de terciopelo o lanza enérgicas
amonestaciones. La trompeta -que es violín con el pelo a lo
muchacho- charla y corre con alegría deportiva.
Lo
mejor del siglo XX se presiente en el jazz. Y el jazz librará de
muchos males al siglo XX. Aunque el tango suavemente quiere tirar el
lazo, no creo que haya peligro. Está la juventud deportiva para
defenderlo
(El
Pueblo gallego, 31.7.1927)
© Ana Bande

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