jueves, 5 de junio de 2014

La irrupción del “jazz” en la música sinfónica. David Casares. El Pueblo Gallego, 4/4/1936

La irrupción del “jazz” en la música sinfónica. David Casares.

Un hecho se ha producido que evidencia el fracaso del movimiento revolucionario que emprendieron los músicos de vanguardia: el “jazz”, la música de negros africanos con su poder rítmico, ha invadido los programas sinfónicos desplazando las producciones que, exentos de lógica, carentes de ideas, todo lo destruían para introducir la anarquía en todas las fórmulas compositivas. Todos los esfuerzos realizados por los compositores de última hora, querían emular a Picasso en la música- sin el talento de Picasso, desde luego-; que aparentaban sentir lástima por quienes todavía nos deleitamos con una sinfonía de Morzart o sentimos vibrar nuestro ser al sonar vigorosamente una sinfonía de Beethoven construida con arreglo a planos claros y maravillosos del mejor arquitecto musical; todos esos esfuerzos, repetimos, han sido vanos. Ha pasado poco tiempo, apenas el de una generación, y todo lo vanguardista, sin líneas melódicas cargado de aristas, armonizando arbitrariamente, se desvanece, se diluye. Y lo que aún queda, es desplazado por quienes quieren correr más que el tiempo. Esta es la señal más clara de su fracaso: el desplazamiento, el abandono de algo nuevo que nada deja tras de si. Esto nuevo es el “jazz”, que del tablado se eleva a un escenario en que actúan orquesta de primer orden, que a las fórmulas arbitrarias de Malipiero sustituye con la fórmula “stranht” de Paul Whiteman, seguramente menos absurda.
Recordemos a Dvorak. Su sinfonía “Nuevo Mundo” y su “Cuarteto de negros” para instrumentos de cuerda. Y recordemos también a Debussy: su “cake-walk”. Dvorak trajo a España su música negra, melodías de los cantos sagrados de los esclavos; ecos de “La cabaña de Tom”; y evocación de los campos de algodón y de los tabacos de Virginia. Su sinfonía, demasiado melosa, por ser harto melodiosa, llegó a gustar extraordinariamente; pero fatigo a los que, musicalmente, buscaban mayor enjundia musical, a quienes querían el sometimiento de la melodía a la técnica constructiva y no lo contrario. Sin embargo, Dvorak, aún en nuestros tiempos triunfa entre quienes buscan solamente el deleite melódico, porque esa música les habla de exotismo, de lugares desconocidos a los que la imaginación ayudada por las melodías, lleva el pensamiento para crear una ilusión. Por eso, aún gustando todavía la sinfonía “Nuevo Mundo”, suena a música demasiado ingenua, demasiado folclórica. Y el “jazz”, música de negros con una pureza rítmica de que le desposeyó Dvorak, se impone, siquiera sea por rel momento y no con gran suerte.
En uno de los recientes conciertos que dio la Orquesta Pasdeloup de París, se ofreció al oyente un programa de novedades entre las que destacaban dos obras a base de música de “jazz”, no la música de “cabaret” ruidosa, aburrida las más veces, sino el “jazz” que no es símbolo de salvajismo y anárquico de la música de los negros del África central, que, en su ignorancia, respondiendo solo a su instinto musical exponen que es la raza más musical de todas y que poseen una verdadera riqueza de sentido rítmico muy superior al de cualquier músico europeo.
No queremos decir, y menos afirmar, con esto que el “jazz” haya venido a engendrar fórmulas musicales nuevas. A lo más a que puede aspirar es a la práctica de la técnica rapsodial, exactamente igual que los tziganes húngaros. En efecto, los negros, con su “jazz” improvisan sus cadencias con alternativas de vertiginosos dinamismo y de nostalgia, como los europeos. Los negros forman un grupo homogéneo de ejecutantes que obedecen a una disciplina musical que no nace del imperativo de una partitura, sino que es una especie de acuerdo de los nervios con el mismo diapasón, igual que sucede con las cuerdas del arpa.
Por eso, los compositores bien poco tienen que aprender del “jazz”, que también morirá pronto como género sinfónico y sólo ocupará en la historia musical un lugar estrictamente episódico y muy breve. No obstante, ofrece material bastante aprovechable por su carácter rapsódico, porque la rapsodia se nutre del lirismo instintivo del alma popular y esto puede servir para que se purifique y se anime el ambiente musical, demasiado asfixiante desde que llegaron músicos nuevos constructores o destructores cargados con fórmulas geométricas.
Lo que sí tienen que aprender los compositores de estas obras de música de “jazz” elevada a la categoría de sinfonía, es a ser lógicos. Tanto estos compositores que adoptan la música de “jazz”, como los que antes querían revolucionar completamente la música, continúan utilizando dócilmente la orquesta clásica. Aún en algunos vanguardistas, muy pocos, hubo gestos de valentía en la combinación instrumental; pero estos de la música negrea se han conformado con un triángulo, el bombo con platillos, algún otro instrumento de percusión y nada más. Prescinden de toda la pirotecnia de sonoridades que les ofrece esa música; rompen la ley y siguen con las viejas costumbres o con los mismos agentes. Y así no se revoluciona nada. Esta ha sido la causa de que la “Jazz Music”, de Marcel Poot no sea otra cosa que la adopción y aplicación del estilo sincopado en una composición moderna con orquesta clásica, que Basilewsky con su “The jazz in the zoo”, no haya logrado el éxito esperado. Simboliza al “fox-trot” con el canguro; al tango con el camello; al “blus” con el elefante; al “charleston” con la ardilla, y al “one-step” con el avestruz. No no parece muy acertado aunque se haya rendido pleitesía al ritmo.
Y a Gershwin le pasó algo parecido con su “Rapsody in blue”. No tuvo en cuenta que no basta escribir música de “jazz” sinfónico. Su obra, mucho mejor en el género que las otras dos, fue interpretada por una orquesta acostumbrada a interpretar a Mozart, a Beethoven y a Wagner. Y la música elevada al escenario por una gran orquesta clásica podrá hacerse todo lo sinfónica que se quiera, pero tiene que tener también sus interpretes: Música clásica y música de “jazz” no es lo mismo. Aunque pongamos todo el empeño. (Exclusiva para la Agencia “Alpes”.-Prohibida la reproducción)

(El Pueblo Gallego, 4.4.1936)

© Ana Bande

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